Perder lo más
querido es un golpe del que no se recupera uno nunca. El 9 de julio del 2017, noté que Sela se
estaba deteriorando mucho; no quería comer, tenía la presión baja y estaba totalmente incoherente. Entonces llamé a la enfermera de hospicio y nos mandaron a un médico
de servicio que después de examinarla, me dijo que no había nada que hacer, que su
sistema estaba dejando de funcionar y el final llegaría pronto. Y así no más,
sin ninguna otra explicación nos dejó a Roberto y a mí el encargo de acompañarla
en sus últimos momentos. Roberto llamó a sus hijos, pero como era tarde y día
laboral, no quise despertar a mi hijo porque sabía que se molestaría cuando
viera como todos estaban en torno al lecho esperando. Es tan impaciente y todo siempre
parece irritarlo y ponerlo de un humor negro. En fin, propuse que nos turnáramos
para acompañarla y rezarle. Le dimos gotas del dolor para calmarla, porque
estaba algo inquieta, agitando el brazo izquierdo hacia arriba. Renny que la amó
tanto, ocupo su sitio entre sus piernas toda la noche. Llamaron del hospicio durante la noche, y cuando les expliqué el estado de mamá, mandaron a una enfermera. En la madrugada del día
10, empezó a respirar corto, y como un pajarito fue exhalando sus últimos
suspiros, hasta que se fue. Sudó tanto que su pelo mojado se encrespó todo y su
bata quedó totalmente empapada. En ese momento, Renny se acercó despacio a la
cara de Sela, trató de oler su aliento por unos segundos, se dio media vuelta,
y salió del cuarto. Llamé a mi hijo Michael, y luego, la enfermera de hospicio
que se quedó con nosotros hasta el final, ayudándonos con Florence y Melissa a vestirla con el mayor respeto y delicadeza. Luego,
llegaron de la casa mortuoria dos
personas muy serias con un aspecto digno pero tan lúgubre que me dio un fuerte escalofrío
en la espalda y empecé a temblar. Mi hijo me pasó el brazo por la espalda y me acompañó
a mi cuarto para que no presenciara cuando se la llevasen envuelta en la
camilla. Allí di rienda suelta a un llanto que me desgarró el pecho. Fue muy dulce, Michael, en esos momentos y se
lo agradecí tanto, pues me sentí protegida, apoyada. Me quedé íngrima y devastada
en esa casa silenciosa y vacía. Sólo mi perrito Renny llenó el silencio con sus
pisadas y ladridos. Pasaron varios días sin que los dos entráramos a ese cuarto
lleno de tantos recuerdos. Varias veces nos acostamos en su cama buscando su
calor. Renny lamía mis lágrimas y se enrollaba en mi regazo, penando conmigo
tan dolorosa pérdida.
No había podido escribir con detalles estos momentos hasta que encontré esta profunda declaración de Isabel Allende en su libro El cuaderno de Maya: A sufrir llaman, apretemos los dientes. Un dolor así, dolor del alma, no se quita con remedios, terapia o vacaciones; un dolor así se sufre, simplemente, a fondo, sin atenuantes, como debe ser.” Así me sentí y más luego al salir de nuestro hogar de 18 años después de haberlo desmantelado y también perder a mi adorado perrito; el golpe de desgracia. Cuatro años después todavía el dolor es fuerte y el vacío opresivo y amargo. 4/18/21



